Un viernes a la tarde, hidratándome con Coca Light y junto a mis infaltables cigarrillos, comencé una frenética carrera frente a la computadora, armando el guión literario y técnico, haciendo el plan de rodaje: tenía en mi cabeza la película, cada plano, cada escena, detalles ínfimos, lo que imaginaba surgiría en las imágenes. Simultáneamente con el amanecer del día lunes reaccioné que lo había terminado.
Cuando le mostré a Ricardo el trabajo concluido, y vio que la idea original había tomado el cuerpo esperado, inició la búsqueda de quienes lo acompañarían en su labor de actor.



Al primero que convoca es al Maestro Rotger, quien acepta gustoso subirse a este trabajo. También Ricardo piensa en su propia madre y le ofrece una pequeña participación en este cortometraje; feliz ante tamaña convocatoria, con sus ochenta y ocho años acepta trabajar con su hijo.
Continuando en la búsqueda de sus compañeros de elenco, recuerda conocer a un tirador de cartas y parasicólogo; lo ubica y le propone que actúe realizando el papel que hace en su oficio cotidiano, él primero acepta y luego comienza a resistir a la propuesta. Sin perder tiempo, Ricardo recurre a Mirta Pasamontti quien con toda la generosidad que la caracteriza, no sólo se involucra en el proyecto sino que permite que se filmen las escenas en su propia casa y atelier que posee como artista y artesana reconocida.


Respecto a la parte técnica y al personal con oficio en el cine, fue tarea mía: convoqué a uno de mis profesores, seleccioné compañeros de estudio, ofreciéndoles un contrato de trabajo con el pago correspondiente a cada rol, seguros de vida, transportes, comidas, etc., garantizándoles la compensación absoluta al profesionalismo que cada uno de ellos tendría en la división de las tareas asignadas. Aceptados los contratos, salí a la búsqueda de los materiales técnicos: alquiler del parque de luces, cámaras filmadoras, equipos fotográficos, vías, elementos para los traveling y todo lo que requiere un set de filmación.
Hubo muchas idas y venidas por el tema presupuestario, siendo la productora y la directora del fílmico, debía estudiar y comparar cada elemento que me ofrecían, por ser totalmente nueva en el tema, siempre hay cosas que pueden escaparse por buena fe o quizás por simple desconocimiento.


Sobre el particular debo destacar que con el apoyo logístico de Ricardo, con quien debatíamos, consultábamos, comparábamos, buscábamos y analizábamos cada precio, cada presupuesto, cada propuesta, se superaron muchas instancias en la parte económica que me permitió asumir los costos de la filmación.

El Gran Protagonista:

Si bien éste relato fílmico tiene cuatro actores que construyen la historia , un gran protagonista es, sin duda, el piano de cola.
Barajamos la posibilidad de hacer un piano de utilería, ya que la magia del sonido y del cine permiten ensamblar, en la elaboración del fílmico, resortes técnicos que ayudan a ver y oír todo perfectamente sincronizado, pero la idea central era que queríamos una visual totalmente verosímil, era justamente ahí donde tenia que habitar el Maestro ejecutando en vivo y en directo las melodías escogidas para cada escena; luego en posproducción se perfeccionaría la música y la sincronización de quien estaba tocando el piano.


Comenzamos la búsqueda de quien nos podría prestar por unos días un piano de cola que sonara, con garantías ofrecidas para su perfecta devolución en tiempo y forma, tales como: seguro para el transporte, afinador, etc.
Visitamos distintas instituciones locales que cuentan con ese instrumento, presentábamos notas, esperábamos pacientemente que nos atendieran, y en todas las ocasiones nos encontrábamos frente a la misma respuesta: no.
Mientras tanto, ya habíamos fijado la fecha de iniciación del rodaje, había viajado gente de Buenos Aires, que había convocado y que se encontraba trabajando en la producción en Santa Fe, los alquileres de los equipos empezaban a correr y no teníamos al gran protagonista.
Nos quedaba un solo lugar para pedir prestado el piano de cola, con una media palabra por parte del directivo, Ricardo y yo partimos totalmente esperanzados de conseguirlo, la respuesta desembocó en el “no” de siempre.


Totalmente desesperanzados, salimos a caminar y decidimos tomar un café , desde ese lugar llamaría telefonear a las personas con las cuáles estábamos trabajando, para avisarles que el proyecto de filmación se había caído, no teníamos el piano.
Cabizbajos los dos, murmurando la impotencia, de no lograr que nadie nos prestara lo que necesitábamos, nos pasamos de largo del bar que habíamos propuesto para sentarnos y como estábamos a cincuenta metros del bar del Teatro Municipal, decidimos ingresar a ese lugar para dar la noticia de que no se hacía la filmación.
Nos sentamos, busco mi celular y Ricardo se levanta para saludar a gente amiga; cuando lo hace, observa a través del blindex del bar, el hall del Teatro Municipal, dónde un imponente piano de cola esperaba solitario volver a sonar.
Ricardo en un solo salto y en una sola carrera busca a la gente de la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad: pedidos, notas, llamadas telefónicas: “el piano es de ustedes”
La filmación se hace, todos citados mañana a las siete de la mañana.







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